Franz Kafka

Franz Kafka me resulta un genio y para “comprenderlo” (entre comillas porque cave preguntarse si ¿su verdadero objetivo sería que el público realmente lo comprendiese?) se debe ir más allá de “La Metamorfosis”, su novela breve más difundida. Sin lugar a dudas, “El Proceso”, “América” y “El Castillo” son tres novelas incompletas que gozan de fama mundial y que brindan aún más pistas sobre las ideas de este maestro de las letras.
Cada uno de los escritos antes mencionados genera una atmósfera única que se hace presente de una u otra forma a lo largo de todos y cada uno de los relatos del autor: lo molesto, laberintico, ilógico, desconcertante, absurdo e inhumano se acuñan hasta hoy bajo el adjetivo “kafkiano”; y sirven para señalar con el dedo índice algunos de los males de nuestra sociedad, tales como:
1) La inhumanidad de la humanidad.
2) La burocracia como peste absurda.
3) La difusión de la violencia en las formas más sutiles y crueles.
4) El sufrimiento de los que comprenden algunos de los problemas socioculturales anteriores.
Así surge uno de sus cuentos más difundidos, llevado inclusive a la representación teatral; se trata de “Informe para una academia”, fábula loquísima, atrevida y universal. En ella vemos como personaje principal a un simio apodado “Pedro el Rojo” resumiendo lo que ocurrió con su vida desde que llegó a manos de los hombres como un simple mono hasta que fue gradualmente adquiriendo hábitos, apariencia y hasta pensamientos de ser humano.
En este cuento ocurre lo opuesto a “La Metamorfosis”; el animal se hace hombre muy a su pesar para evitar un destino natural de zoológico y optar, en vez, al de teatro de variedades. Se trata del costo que todos las personas debemos pagar al convivir con otros, renunciamos a una parte de nuestra identidad; una suerte de contrato social que todos aprendimos a jugar.
¡Era tan fácil imitar a la gente! Escupir pude ya en los primeros días. Nos escupíamos entonces mutuamente a la cara, con la diferencia de que yo me lamía luego hasta dejarla limpia y ellos no.
Nada me dio tanto trabajo como la botella de agua ardiente. Me torturaba el olor y, a pesar de mi buena voluntad, pasaron semanas antes de que lograra vencer esa repugnancia. (Extracto)
El animal actúa aquí como símbolo universal de libertad, y el mono que se hace persona para evitar la esclavitud del zoológico hace ver al hombre- cazador- torturador de animales, como un ser irrisorio inferior a quienes somete.
Mucho terreno baldío nos regala Kafka, para llenar como mejor se nos ocurra, en una fábula que para quién quiera trata el tema del maltrato animal, de la libertad, de la discriminación (especialmente judía, ya que el escrito data de inicios del 1900) y de las apariencias.